Estados Unidos, 1975
Dirección: Steven Spielberg
Guion; Peter Benchley, Carl Gottlieb, sobre novela del primero. Fotografia: Bill Butler. Musica: John Williams. Producción: Zanuck/Brown. Elenco: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Lorraine Gary, Murray Hamilton.
Duración: 124 minutos
A sus veintiocho años Steven Spielberg tenía a sus espaldas una interesante carrera en la televisión (incluyendo un telefilm, Reto a muerte, cuyos productores consideraron correctamente que era lo suficientemente bueno como para ser exhibido en salas, cosa que no ocurrió en los Estados Unidos pero tuvo lugar en Europa y América Latina), y ya había hecho para la gran pantalla la interesante Loca evasión, que no fue un excepcional éxito de público pero llamó la atención de la crítica y de lo espectadores que la vieron, y que pudo ser saludada por la ácida Pauline Kael como “el debut en el cine más prometedor desde Orson Welles”. A diferencia de Welles, sin embargo, Spielberg no se sentía un renovador ni un artista de alta gama, sino un cultor de la vieja tradición norteamericana del cine como espectáculo y entretenimiento y que, pese a su proclamada admiración por John Ford, ha tenido la suficiente modestia como para admitir que quería ser más bien un Victor Fleming (de Lo que el viento se llevó) o un Michael Curtiz (de Casablanca), el tipo de artesano capaz de cultivar todos los géneros exhibiendo un considerable pulso de narrador. Cincuenta años después sigue siendo más o menos lo mismo, con éxitos de taquilla monumentales (desde E.T. a Parque Jurásico), aunque el siglo XXI lo ha visto más maduro, más capaz de hacer un cine adulto (Munich, Lincoln, Los papeles del Pentágono) que antes le daba más trabajo lograr, según demostración en las sensiblerías de El color púrpura, la retórica de Imperio del sol o la irregularidad dramática de La lista de Schindler.
Hace cincuenta años, Tiburón fue el verdadero comienzo de su carrera como exitoso entertainer. Ni siquiera Peter Benchley, autor de la mediocre novela adaptada, creía demasiado en el resultado, y cuando Spielberg se fue de presupuesto y propuso a su equipo renunciar a sus cachet y arriesgarse a compartir las ganancias, sí las hubiera, fue el único que no acepto y prefirió contentarse con una suma redonda (cien mil dólares) en una decisión que lamentaría toda su vida.
El rodaje pareció darle la razón a Benchley, extendiéndose mucho más de lo debido, obligando a alargues y repeticiones, con cosas que salieron mal antes de salir bien (incluyendo que el famoso tiburón fuera lo suficientemente convincente). El resultado final, y sobre todo la reacción de los espectadores, probaron que Spielberg había tenido razón y que los malos augurios eran infundados. La eficacia de la película como aventura y como maquinaria de suspenso hizo añicos todas las expectativas negativas.
Tiburón conserva todavía sus virtudes primordiales: una narración tensa y directa, una habilidad para administrar los miedos, una inteligencia para no abusar del efecto sino apelar a la inquietud generada por una amenaza invisible, respaldada en una noción de tiempo, una soltura de cámara y la hábil partitura de John Williams. Esas son las virtudes de Spielberg: las de un buen narrador que sabe que su trabajo es contar una historia. Sigue siendo uno de los pocos directores del Hollywood de hoy que sabe que los efectos especiales (que le encantan) deben estar al servicio de su asunto, y no lo contrario. Al parecer en Hollywood, donde todo el mundo cree imitarlo, casi nadie se ha dado realmente cuenta de eso.