Reino Unido, 1981
Dirección: Hugh Hudson
Guión: Colin Welland. Fotografía: David Watkin. Música: Vangelis. Producción: David Puttnam, para Enigma Films. Elenco: Ben Cross, Ian Charlesson, Nigel Havers, Cheryl Campbell. Alice Krige, Ian Holm, John Gielgud, Lindsay Anderson, Brad Davis.
Duración: 123 minutos
Cuatro Oscar, incluyendo el de Mejor Película pero también los de libreto, música y vestuario consagraron esta producción deportiva británica de la temporada 1981. En el rubro “película”, esa premiación dejo afuera a otras candidatas como Atlantic City de Louis Malle, Los cazadores del arca perdida de Steven Spielberg, Reds de Warren Beatty, y En la laguna dorada de Mark Rydell, y especialmente a El toro salvaje de Martin Scorsese, que es mejor que cualquiera de ellas y ni siquiera fue candidata. Pero ya se sabe que el Oscar es así.
La película cuenta las hazañas de algunos deportistas ingleses en los Juegos Olímpicos de 1924, centrándose sobre todo en dos personajes, un judío de origen plebeyo que ve en el deporte una manera del ascenso social, y un escocés de rígidos principios religiosos que considera que el deporte es una forma de manifestar la mayor gloria de Dios. La acción atiende, alternadamente, la trayectoria de esos potenciales rivales, que nunca han competido entre sí, hasta su posible coincidencia en la Olimpiada. Hay poco drama en el asunto, cuyos protagonistas editorializan en el dialogo el padecimiento de discriminaciones o la convicción religiosa que rara vez están en la imagen, pero hay esmeros de forma en la realización del entonces debutante Hugh Hudson, quien luego haría Greystoke, la leyenda de Tarzán rey de los simios, Revolución y otras cosas.
Corresponde destacar la permanente hermosura visual de Carros de fuego, apoyada en la sensible fotografía de David Watkin y en los esmeros de ambientación y vestuario para recrear una época pasada. Pero el director añade todavía otros méritos en la vivaz recreación de los comienzos de unos de sus personajes en Cambridge, la agitación y la intensidad de varias competencias deportivas servidas con virtuosismos de fotografía y montaje (y ocasionalmente culminadas en la sutileza de un primer plano que transmite la sensación de vacío y fatiga posterior al triunfo), la habilidad de colocar en la banda sonora algunas melodías clásicas de Gilbert & Sullivan y otros que añaden su cuota de patriotismo británico, y por cierto la espléndida partitura de Vangelis, acaso lo primero que se recuerda cuando se piensa en Carros de fuego. El elenco cumple con lo que se le pide e incluye algunas viejas glorias como Nigel Davenport y John Gielgud, y hasta la inesperada presencia como actor del célebre crítico y director Lindsay Anderson (If…, Un hombre de suerte, Las ballenas de agosto), famoso por sus pronunciamientos anti-establishment.
Algo me hace pensar que esta película es el mejor comienzo para un maratón de trasnoches el último sábado de cada mes que The Apartment Station presenta nuevamente en Cinemateca.
Bien conocida por sus carros o carrozas de fuego, tiene una banda sonora que se hizo demasiado precisa para nuestros deseos, no da para salir a buscar otra que cumpla tan exactamente con nuestras amables intenciones, q...