Corea del Sur, 2025
Dirección: Park Chan-wook
Guión: Park Chan-wook, Don McKellar, Lee Kyoung-mi, Jahye Lee, sobre novela de Donald E. Westlake. Fotografía: Kim Woo-hyung. Música: Jo Yeong-wook. Producción: Moho Films, CJ Entertainment. Elenco: Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran, Yoo Yeon-seok, Cha Seung-won, Park Hee-soon, Yoon Ga-yi.
Duración: 139 minutos
Se ha dicho que esta película coreana ejercía una manera contenida de la ferocidad. No busca el impacto visceral inmediato de la “Trilogía de la venganza” ni el barroquismo erótico de The Handmaiden (para mencionar algunos aportes anteriores de su director Park Chan-wook), sino una sátira moral fría, casi clínica, sobre el capitalismo tardío y la violencia normalizada. El título no es irónico: la película examina cómo el sistema empuja a sus personajes a decisiones extremas que luego finge no haber provocado.
El guion avanza con una lógica implacable, construido como un descenso gradual. Park y sus guionistas apuestan por la repetición y la acumulación: situaciones que, aisladas, parecen pequeñas humillaciones, pero que en conjunto forman un dispositivo de presión asfixiante.
Hay una clara voluntad de evitar la catarsis fácil. En lugar de giros espectaculares, la película trabaja con inevitabilidades. Esto puede frustrar a quienes esperan un clímax explosivo, pero es coherente con su tesis: cuando el sistema está diseñado para triturar, no hay escape limpio.
Park demuestra una vez más su maestría formal, aunque aquí la estilización es más austera. La cámara es precisa, a veces distante, con encuadres que subrayan la alienación: oficinas impersonales, espacios domésticos que se vuelven opresivos, rostros atrapados en geometrías rígidas. Cuando aparece la violencia, no se glorifica: es seca, incómoda, y a menudo más perturbadora por lo que sugiere que por lo que muestra. Park parece interesado en el costo moral, no en el espectáculo.
El protagonista Lee carga la película con una interpretación contenida y progresivamente erosionada. No hay en su personaje una transformación súbita, sino una lenta reconfiguración ética. Los personajes secundarios funcionan como engranajes del sistema, deliberadamente poco empáticos, lo que refuerza la sensación de un mundo sin refugio emocional.
Las ideas centrales parecen muy nítidas. El empleo no es solo trabajo, es identidad, y perderlo equivale a desaparecer. La película sugiere que la violencia “individual” es, en realidad, una consecuencia lógica de estructuras impunes. No hay héroes ni villanos claros; solo decisiones tomadas bajo coerción.
Alguien ha llamado a eso “cinismo lúcido”. Es también una de las obras más políticamente afiladas de Park, más sobria, más europea en espíritu, menos interesada en el exceso y más en el desgaste. No busca gustar sino incomodar con la sensación persistente de que el mundo que retrata se parece demasiado al nuestro. Es una obra madura, coherente y cruelmente honesta: extrañamente divertida y a la vez reflexiva e inquietante.