Juan: una introducción

por Inés Bortagaray

Holanda, verano boreal del 2001 durante la gira con 25 Watts por varias ciudades. FOTO: Pablo Stoll

Conocí a Juan en la facultad. Yo tenía 17 años y había llegado a Montevideo hacía unas semanas. En la clase lo veía dibujando en su cuadernola con una lapicera Bic azul. Eran retratos de hombres de gesto adusto, enfrentamientos, barbas incipientes, diálogos, viñetas de cómic. Juan repasaba los trazos muchas veces. La presión de la lapicera dejaba una huella en las hojas siguientes. Un día tuvimos que votar un delegado del grupo. Yo lo voté a él, pero no salió delegado. Creo que a mí nadie me votó, pero él si tuvo varios votos. 

Algo yo habré comentado sobre sus dibujos. Él sonrió y desde entonces yo no me sentí tan sola. Yo usaba una cartera de cuero que me había regalado mi tía. Las vendían en la feria artesanal de La Paloma. Usaba, también, un anillo de coco. Encontraba, en aquella combinación, el pelo largo y unos botines de gamuza, un cierto aire hippie que en aquellos días de desarraigo (cómo extrañaba Salto, yo) me venían bien para aparentar una identidad más compuesta, algo que sin dudas no existía. Si tiene plumas y hace cuac es un pato, pensaba. (Era inocente). Claro que a mi favor, en mi prontuario tenía las lecturas, un surtido de palabras difíciles y un cassette de los Kinks. Eso también era mío. 

Entonces: Juan se sentaba sobre la ventana y yo al lado de Juan. Él usaba una remera Hering gris, vaquero y mocasines. Tenía el pelo castaño. La boca chiquita. Un reflejo de musgo en la mirada. Era flaco y de manos grandes y huesudas. Desde el principio fue amable conmigo. Las cosas parecían interesarle, y era fácil hablar con él. Se reía mucho de sí mismo. Yo también me reía de mí. Éramos ridículos y compasivos. Juan se reía con dos tipos de risa. La gentil, que usaba como gesto de cortesía, y la carcajada. Al principio de nuestra amistad yo me daba por satisfecha con la primera. Luego sólo quería la segunda, y si me regalaba una de sus risitas gentiles me enojaba, me parecía que nuestra intimidad era demasiado grande como para que me ofreciera una de esas risitas pretendidamente educadas y distantes. Él también se molestaba mucho con mis cumplidos. No quería que yo hiciera cumplido y lo desesperaba lo que él llamaba mi politeness. Quería que yo fuera más mala y más transparente. Y quería que no me fuera temprano de los cumpleaños y los encuentros. Eso era un factor de grandes peleas. Cuando Juan quería hacerse el interesante hacía, lo que llamábamos, pescadito. Se mordía la cara interna de las mejillas y entonces los pómulos le quedaban más angulosos, como a él le gustaba. Aparecían rastros de John Lurie en la cara cuando hacía eso. Pero esto aquí y ahora no importa. Vuelvo al principio.

Nos volvíamos muchas veces en el mismo ómnibus. Un 192 que tomábamos en Ricaldoni, rumbo a Ingeniería. Él se bajaba antes que yo, y sólo entonces yo me ponía los walkmans. Fue varias veces a estudiar a mi casa de aquel entonces. Yo tenía una guitarra que él adoptó como suya. Cada vez que llegaba a casa la agarraba, y un día se la llevó a su casa y se quedó con ella doce años. Cantaba canciones en inglés (al principio de nuestra amistad, apretaba las canciones y eran secretas, era tímido). 

Cuando hacíamos trabajos para la facultad nos costaba concentrarnos, porque nos reíamos con cualquier cosa. Tenía una gracia irresistible, Juan. 

Tomábamos café instantáneo. Yo se lo batía con la dosis perfecta de agua y luego le echaba la leche. Luego quedaba una capa densa de espuma que él saboreaba despacito. Salíamos al balcón y veíamos la Facultad de Ingeniería como una ballena respirando ante nosotros.

Durante todos los años de nuestra amistad vimos muchas películas juntos. Algunas en la casa de sus padres. Otras en la casa de Pablo, Arauco o Cote. Otras en su casa. Algunas, menos, en la mía. Sacábamos películas del Vic o del videoclub de Cinemateca. Pero la mayoría de las películas que vi con Juan, las vi en Cinemateca. No sé cómo calcular cuántas películas fueron, porque durante los festivales nos internábamos en la Linterna Mágica, o en Carnelli (la sala principal y Sala 2), o en Pocitos y veíamos varias al hilo. También la sala de la ACJ, ahí también fuimos. Y a 18 de Julio, claro. Hago cálculos inútiles. Fueron muchas. Eso sí sé. 

Nos reíamos a veces en el cine. De a ratos sentía la mirada de Juan posada en mi perfil y trataba de no soltar la pantalla, porque sabía que si lo veía iba a contagiarme con su risa y no quería (o a veces para defenderme: a mí sí me estaba gustando la película y me molestaba que tan pronto él se hubiera desentendido). La señora de atrás o la de adelante, “las señoras de las bolsas” (no sé por qué en Cinemateca había tantas señoras con bolsas de nylon, ahora a veces me siento una de ellas) se enojaban con nosotros y nos decían que el cine era serio. Intentábamos parar, pero no siempre nos salía. Qué impunes podíamos ser. 

Apenas dejábamos la sala caminábamos en silencio rumbo a un bar o a la parada. Juan fumaba, en éxtasis o indignado (no había punto medio). Las películas marcaban el rumbo o nos abrían caminos e ideas de lo que podíamos ser o hacer. Pensábamos en mundos posibles, en el amor, en el absurdo, en la tristeza, en la derrota, en el desencanto, en la desmesura, gracias a esas historias que habíamos visto y vivido. 

Es precioso que Cinemateca haya organizado este ciclo que apersona a Juan en esta selección de películas que a él tanto le gustaban. Es precioso que hayan nombrado a este ciclo de esta forma. Porque es así, porque quisimos tanto a Juan, porque tanto lo queremos y porque lo querremos siempre.

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