SALA 2
Los ciclos de este mes: Cuando el montaje era rey; La gran Kate; Vampiros eran los de antes
Cuando el montaje era rey
Los pioneros del cine norteamericano en general y David Wark Griffith en particular hicieron del montaje (el pegado y unión de las tomas para darle a lo narrado una coherencia) una de las herramientas esenciales del cine, pero no teorizaron sobre él. Los soviéticos no solamente aprendieron la técnica, sino que además la convirtieron en una teoría. El cine clásico soviético (Pudovkin Eisenstein, Vertov) hizo, sin embargo, del montaje el recurso expresivo por antonomasia, prácticamente el único, al menos durante el período del cine silente (el sonido añade complicaciones que la teoría no está en condiciones de resolver satisfactoriamente).
Una simplificación excesiva de la teoría soviética podría sugerir (está escrito en algún lado) que una toma equivale a una palabra, y que la secuencia entera (la frase, de la que surge el sentido) consiste en la reunión de tomas a través del montaje, La práctica no siempre encaja con esa teoría, y parece bastante obvio que una toma, por simple que sea, posee contenidos más ricos que cualquier palabra suelta (se puede escribir “árbol” y lo que surge en la cabeza es el “concepto universal de árbol”, o alguna otra cosa que se le haya ocurrido a Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, pero cuando se filma un árbol es este árbol concreto, lleno de detalles particulares). El propio Eisenstein, que escribió mucho y dividió el montaje en diversas categorías (contrastes, atracciones, paralelismos, otras) pudo desmentirse a sí mismo con un film como El acorazado Potemkin, cada una de cuyas partes comienza con tomas más largas (y por lo tanto más difíciles de resumir en una palabra) que luego se van acortando a medida que la tensión crece y se acerca la culminación).
Puede parecer irónico que el libro clásico sobre montaje cinematográfico empleado por Hollywood haya sido escrito por Pudovkin, pero al fin y al cabo el soviético aprendió lo que sabía estudiando a los norteamericanos. Es significativo también que el procedimiento haya comenzado a desgastarse cuando el cine dejó de ser mudo, y el sonido añadió complicaciones: se pueden pegar dos tomas mudas (una en tierra y acá cerca, otra en el fondo del mar, la tercera en la Antártida) y el resultado poseer una sugestión y una coherencia visual. En un film sonoro, si lo que acompaña a esas imágenes es un sonido realista, lo que se consigue es un barullo incomprensible. Los soviéticos tuvieron que emitir un manifiesto en el que proclamaron el “contrapunto audiovisual” que Eisenstein emplearía de a ratos con la ayuda de Prokofiev en Aleksander Nevsky, pero la teoría ya mostraba grietas.
Es posible que por eso el cine “moderno”, de Orson Welles en adelante (hasta Antonioni, Angelopoulos y Wenders) hayan tendido menos al empleo del montaje como herramienta expresiva privilegiada (incluso hubo en los años cincuenta una larga polémica, hoy olvidada, acerca del carácter “manipulador” del montaje, opuesto a la presunta libertad de percepción que la toma larga y el plano secuencia devolverían al espectador), y hasta resulta tentador pensar que un film como El arca rusa de Sokurov, que cuestiona muchos aspectos de la cultura y la ideología del período soviético, estuvo deliberadamente rodado en una única toma para demostrar que tenía sentido, en contra de lo que sostenían los teorizantes anteriores. El presente ciclo, breve pero bastante representativo, reúne algunos films claves del período en que el montaje era el rey, y se prolonga en algún notorio ejemplo de cine revolucionario latinoamericano que abrevó en las viejas y venerables fuentes.
La huelga ****
(Stachka)
URSS 1924 – 75 min. VM. (Digital)
Con: I. Ivanov, I. Klyukin, Aleksandr Antonov.
Pianista: Luis Alderotti
Una historia de luchas obreras y represión. El maniqueísmo del argumento roza a veces el ridículo, pero el tratamiento visual es imaginativo y potente, con un montaje paralelo (una masacre y un matadero) que refuerza el dramatismo de muchas situaciones.
El acorazado Potemkin
*****
(Bronenosets Potyomkin)
URSS 1925 – 85 min. VM. (Digital)
Con: Aleksandr Antonov, Vladimir Barskii, Grigori Aleksandrov
La Película de la Rebelión por antonomasia, con una fuerza expresiva demoledora. Por supuesto, la escena de la represión en la escalinata de Odessa es uno de los momentos cumbres en la historia del cine. Todo estudiante del montaje debe aprender de ella.
Octubre ****
(Oktyabr)
URSS 1927 – 115 min. VM. (Digital)
Con: Vladimir Popov, Vasili Nikandrov, Layaschenko
Eisenstein prolongó en esta evocación de la revolución comunista los experimentos formales con el montaje que ya ensayara en La huelga y Potemkin. Alguien dijo que aquí la guerra es peleada por masas y estatuas vibrantemente editadas, aunque hay más (el montaje corto sugiere el tableteo de una ametralladora, por ejemplo).
La madre *****
(Mat)
URSS 1926 – 89 min. ST. (Digital)
Con: Vera Baranovskaya, Nikolai Batalov, Aleksandr Chistyakov
Si para Eisenstein el montaje es sobre todo contraste y choque, Pudovkin lo ve, sobre todo, como un recurso para prescindir de lo innecesario y elegir lo esencial de cada escena. Hacia el final, esta adaptación de Gorki crece hasta niveles líricos, cuando el deshielo primaveral sugiere, en paralelo con la acción, la irrupción de un mundo nuevo.
El hombre de la cámara *****
(Chelovek s kino-apparatom)
URSS 1929 – 68 min. VM. (Digital)
La realidad es el material en bruto, y la función del artista (Vertov rechazaba la palabra “artista”, sin embargo) es justamente organizarla a través de la edición. Tal vez, la película que llevó más lejos el espíritu vanguardista del montajismo soviético.
La hora de los hornos ****
Argentina, 1968 • 90 min. (Digital)
Primera parte del vasto documental político de Solanas y Gettino, un vasto operativo de agitación y militancia. La denuncia de la actividad imperialista en América Latina y el llamado a la revolución, con invocaciones a Perón y el Che. Eisenstein y Pudovkin hubieran aprobado varios de sus recursos expresivos.
La gran Kate
Cuando vio en 1962 Viaje de un
largo día hacia la noche, la adaptación
cinematográfica de la obra homónima de
Eugene O’Neill que dirigió Sidney Lumet, la ácida crítica Pauline Kael sostuvo que la actuación protagónica
de Katharine Hepburn probaba que
“nuestra mejor comediante se ha
convertido también en nuestra mejor actriz trágica”.
De hecho, Hepburn había hecho
ya drama y tragedia, pero es cierto
también que, instintivamente, el público tendía a identificarla con la serie
de comedias que protagonizó entre otros para Howard Hawks,
George Cukor o Frank Capra,
y especialmente con la parte femenina de las peleadoras
parejas que encarnó a menudo junto a Spencer Tracy, con
quien mantuvo un largo vínculo sentimental que tuvo sus complicaciones.
Había nacido en Hartford, Connecticut el 12 de mayo de 1907, y murió en Old Saybrook, también Connecticut; el 29 de junio de 2003 (no es difícil darse cuenta que quiso morir cerca de
donde nació). Doce veces candidata al Oscar como actriz protagónica, cuatro veces ganadora, pudo ser elegida por el
American Film Institute como la mejor actriz norteamericana de todos los
tiempos. Descendiente de uno de los Padres Peregrinos del buque Mayflower, con
algunas gotas de sangre real en sus venas, hija también de una maestra sufragista, heredó seguramente de ella su espíritu
peleador. En su juventud practicó deportes, se hizo llamar Jimmy y sus compañeros (y ella misma) la consideraban “un marimacho”. En el Bryn Mawr College, donde
estudió filosofía, se inició también como
intérprete teatral. Llegó a Broadway a fines de los años veinte, era una actriz popular a comienzos de los treinta, y Hollywood se fijó en ella. Nunca abandonó del todo el teatro, y tiene en su haber un par de premios Tony, uno de ellos por su labor en el musical sobre Coco
Chanel.
Su complicada vida sentimental (que incluyó a gente como John Ford y Howard Hughes) obtuvo una especie de equilibrio cuando conoció a Spencer Tracy, quien nunca
se divorció de su esposa católica pero mantuvo con Hepburn una larga e intermitente relación que duró hasta la muerte del actor.
En cine supo combinar la comedia y el
drama, y una retrospectiva exhaustiva de
su obra no podría omitir películas como La costilla de Adán, La reina africana o Viaje de un largo día hacia la noche,
(no está tampoco Domando al bebé, que
se vio hace poco en un ciclo dedicado a
Howard Hawks).
Los objetivos de este breve repaso son más
modestos: dar cuenta de algunas etapas de
su evolución y versatilidad, desde la juventud a la madurez. Otra día habría que dedicarle una revisión exhaustiva, pero disfrutemos de este pequeño aperitivo.
Doble sacrificio
***
(A Bill of Divorcement)
USA, 1932 – 70 min. ST. (Digital)
Con: John Barrymore, Billie Burke, Katharine Hepburn
Una historia de enfermedad mental, afectos contrariados, un divorcio. Un melodrama inevitablemente envejecido, pero también el debut de Kate en cine, y su primer encuentro con su frecuente cómplice, el director Cukor.
Pecadora equivocada
****
(The Philadelphia Story)
USA, 1941 – 112 min. ST. (Digital)
Con: Cary Grant, Katharine Hepburn, James Stewart
Kate entre dos galanes (Cary, Jimmy), en una de las culminaciones de la comedia sofisticada, luego rehecha como musical y en tono menor en alta sociedad. La actriz se lleva al mundo por delante, claro.
De repente, en el verano ***
(Suddenly, Last Summer)
USA, 1959 – 114 min. ST (Digital)
Con: Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn, Montgomery Clift
El texto original de Tennessee Williams tiene la típica dosis de capricho y efectismo característica del autor, pero ofrece también una oportunidad para el lucimiento de una gran actriz. La Violet Venable de Kate, empeñada en vivir en un universo ilusorio, resulta cabalmente “williamsiana”.
¿Sabes quién viene a cenar? ***
(Guess Who’s Coming to Dinner?)
USA, 1967 – 108 min. ST. (Digital)
Con: Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Sidney Poitier, Katharine Houghton
Última colaboración de Tracy y Hepburn (el actor murió tres semanas después de finalizado el rodaje, y la escena final es una conmovedora despedida). El comentario social sobre racismo (blanca quiere casarse con negro) es superficial y algo dulzón, pero el elenco sostiene el asunto.
Las troyanas
***
(The Trojan Women)
Reino Unido/Estados Unidos/Grecia 1971 – 109 min. ST. (Digital)
Con: Katharine Hepburn, Vanessa Redgrave, Genevieve Bujold, Irene Papas
Eurípides adaptado por el director de Zorba el griego, con fuerza dramática y buen elenco. Kate compite con un par de colegas temibles como Redgrave y Papas en esta traslación de una célebre versión de Broadway.
En la laguna dorada
**
(On Golden Pond)
Reino Unido/Estados Unidos 1981 – 109 min. ST. (Digital)
Con: Katharine Hepburn, Henry Fonda, Jane Fonda
Fonda obtuvo su único Oscar, estando ya muy enfermo, por este melodrama familiar que fue su última película y su reconciliación con Jane. Kate, algo disminuída, es la esposa del protagonista.
Vampiros eran los de antes
La moda vampírica está alcanzando niveles de fastidio. El disparador ha
sido posiblemente la saga Crepúsculo, un
grupo de películas de terror moralistas,
asexuadas y que no asustan, hecha para
gente a quien no le gustan las películas
de terror. Efectos secundarios de ésta han
sido la más inteligente serie televisiva True
blood (que viene a ser Crepúsculo pero
con sexo, comentario social y corrección
política), o su pariente menos interesante The Vampire Diaries, amén de otros programas menos llamativos y películas sueltas como El aprendiz de vampiro.
En el camino, la imagen del vampiro, que
ha cambiado con el tiempo (desde monstruo nocturno a seductor sexy, y más recientemente a “minoría diferente” que intenta salir del armario), ha ganado y ha
perdido. En el principio de todo hay algunas leyendas centroeuropeas retomadas
en el siglo XVIII por algunos escritores occidentales (el benedictino Dom Calmette,
el irónico Voltaire), y ampliadas en el XIX
por gente como John Polidori (el secretario muy personal de Byron) y los irlandeses
Joseph Sheridan Le Fanu (Carmilla) y especialmente Bram Stoker (Drácula, claro).
Fue sin duda Stoker el responsable de la
creación de la imagen clásica del vampiro, y quien consolidó los elementos básicos del mito: el muerto que vuelve de noche a la vida, vive de la sangre ajena, no
se refleja en los espejos, rechaza el ajo y
los crucifijos y vampiriza a quien muerde.
Buen victoriano, Stoker volcó unas cuantas represiones de su época sin disimular
la entrelínea erótica de todo el asunto: en
su novela y en varios films que se basaron
en él son detectables el carácter de ritual
nocturno de los No Muertos, el significado fálico de los colmillos, el carácter orgás-
mico del ataque a la garganta de víctimas
generalmente femeninas, bellas y jóvenes.
Cuando en pleno auge del expresionismo
alemán Friedrich W. Murnau adaptó Drácula sin pagar derechos e hizo Nosferatu,
el director supo usar el tema para volcar algunas preocupaciones personales (el tema
de un amor amenazado por las fuerzas del
Mal). Casi todo matiz erótico desapareció
en la versión que Bela Lugosi inauguró en
1930 para el director Todd Browning, y
que el propio actor repitió luego hasta el
hartazgo: el tema reaparecería en los films
de la empresa británica Hammer, a fines
de los años cincuenta y después (ver la
mirada brillante de las “seducidas” por el atrayente Christopher Lee), y descendería
más tarde hasta la inutilidad de lo explícito en manos de Coppola (si el vampirismo
es erotismo sublimado, diría Freud, ¿para
qué diablos insistir también con el asunto
real?). Para entonces, los vampiros podían
ser desde románticos seductores (Frank
Langella) hasta buena gente incomprendida (los personajes de True blood o Crepúsculo, el detective de la serie El hombre de las tinieblas), y muchas cosas estaban cambiando.
El presente ciclo es más bien conservador:
recoge los clásicos de Murnau y Lugosi, incorpora un asunto solo parcialmente vampírico (Vampyr de Dreyer, que se basa
en Carmilla aunque eliminando el costado lésbico del original, y también en La
posada del dragón volador, dos cuentos de Sheridan Le Fanu, en el segundo de
los cuales no hay vampiros) que es en realidad una alegoría sobre la lucha del Bien
y del Mal, bromea ácidamente con Polanski y concluye con un Christopher Lee menor y actualizado (años setenta, siglo XX).
Siguen siendo “vampiros de antes”, por
supuesto, y ello introduce un elemento de
nostalgia. En el simultáneo ciclo Herzog, en Pocitos, va su remake de Nosferatu,
que bien pudo estar también en este ciclo.
Nosferatu *****
(Nosferatu, eine Symphonie des
Grauens)
Alemania 1920-22 – 120 min. VM. .(Digital)
Con: Max Schreck, Alexander Granach
Libre adaptación del Drácula de Stoker, muy impregnada de un gusto romántico por lo macabro. Lo sobrenatural se inscribe en un contexto más realista que expresionista, y Murnau añade sus inquietudes personales sobre el amor amenazado por las fuerzas del Mal.
Drácula ***
(Dracula)
USA 1931 – 75 min. ST .(Digital)
Con: Bela Lugosi, Helen Chandler, David Manners
“Nunca bebo… vino”, afirma con su incomparable acento centroeuropeo el conde Drácula (Lugosi) a un huésped que tiene motivos para preocuparse. El director Browning
muestra que vio Nosferatu: la primera media hora se parecen bastante.
Vampyr ****
(Vampyr, ou l’etrange aventure de David Gray)
Francia/Alemania 1932 – 85 min. (Digital)
Con: Julian West, Maurice Schutz, Rena Mandel
Dos cuentos fantásticos del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (Carmilla, La posada del Dragón Volador) libremente enhebrados en una historia de misterio y horror que en manos de Dreyer se convierte en algo más: una inquietante metáfora sobre el Bien y el Mal.
La danza de los
vampiros ***
(The Fearless Vampire Killers/Dance of
the Vampires)
Reino Unido/USA 1967 – 108 min. ST. (Digital)
Con: Jack McGowran, Roman Polanski, Sharon Tate
Dos intrépidos cazadores de vampiros se trasladan a Transilvania para terminar con la plaga de los No Muertos, pero las cosas no salen como es debido. Terror, humor negro y elegancia visual, con el pesimismo y el absurdo tan típicos de Polanski.
Drácula 1972
**
(Dracula A.D. 1972)
Reino Unido 1972 – 96 min. ST. (Digital)
Con: Christopher Lee, Peter Cushing, Stephanie Beacham
Casi una centuria después, el conde Drácula (Lee) y un descendiente de su viejo enemigo Van Helsing (Cushing) se enfrentan en el Londres contemporáneo. La empresa Hammer, que había resucitado con talento al conde en sus primeros films, comenzó aquí a querer explotar demasiado la fórmula.